miércoles, 1 de mayo de 2013

El Primero de Mayo en “La madre” de Maximo Gorki


XXVI 

Corrían raudos los días, uno tras otro, impidiéndole a la madre pensar en el Primero de Mayo. Sólo por las noches, cuando, rendida por el ajetreo ruidoso de la jornada, metíase en la cama, se le oprimía el corazón suavemente: 

“¡Ojalá pase pronto!...” 

Al amanecer rugía la sirena de la fábrica, Pável y Andréi bebían el té a toda prisa, tomaban un bocado y se marchaban, dejando a la madre una multitud de pequeños encargos. Y durante todo el día, ella se revolvía como una ardilla enjaulada; hacía la comida, preparaba una especie de gelatina color lila para imprimir las proclamas y cola para pegarlas, venían algunas personas, le entregaban esquelas para Pável y desaparecían, dejándola contagiada de su excitación. 

Casi todas las noches eran pegadas en las vallas hojas llamando a los obreros a festejar el Primero de Mayo; aparecían incluso en las puertas de la jefatura de policía, y se encontraban a diario en la fábrica. Por las mañanas, la policía iba recorriendo el arrabal y, blasfemando, arrancaba de las vallas los papeles color lila; pero a la hora de comer, de nuevo revoloteaban las hojas por las calles, para ir a caer a los pies de los transeúntes. Enviaban agentes de la ciudad, los cuales, apostados en las esquinas, escudriñaban con la mirada a los obreros que, alegres y animados, salían de la fábrica para comer o volvían a ella. A todos les gustaba ver a la policía impotente, y hasta los obreros de más edad se decían unos a otros riendo:  

– ¡Hay que ver lo que hacen! ¿Eh?  

Por doquier se formaban grupitos de gente que discutía con calor el inquietante llamamiento. La vida hervía; en aquella primavera, se había vuelto más interesante para todos y a todos les traía algo nuevo; a unos, un motivo más de irritación que les hacía maldecir, con rabia, de los sediciosos; a otros, una alarma imprecisa y una vaga esperanza, y a otros, a los menos, el agudo goce de saber que constituían una fuerza capaz de despertar a todos.  

Pável y Andréi casi no dormían por las noches, se presentaban en casa momentos antes de tocar la sirena; ambos venían cansados, roncos, pálidos. La madre sabía que organizaban reuniones en el bosque, junto al pantano; tenía noticia de que en torno al arrabal patrullaban destacamentos de policía montada, que los agentes de la secreta deslizábanse por todas partes, atrapando y cacheando a los obreros cuando iban solos, disolviendo los grupos; a veces, practicaban algunas detenciones. Comprendiendo que también podrían detener cualquier noche a su hijo y a Andréi, casi lo deseaba; parecíale que sería mejor para ellos. 

[…] 

...Y al fin llegó el día aquel: el Primero de Mayo 

Rugió la sirena, exigente y autoritaria, igual que siempre. La madre, que no había podido pegar ojo en toda la noche, se tiró de la cama, encendió el samovar, preparado desde la víspera, y se disponía ya a llamar, como de costumbre, a la puerta del hijo y de Andréi, cuando reflexionó, dejó caer el brazo con desaliento, sentóse junto a la ventana y apoyó la mejilla en la mano, como si le doliesen las muelas.  

Por el cielo, de un azul pálido, bogaban con rapidez bandadas de ligeras nubecillas rosáceas y blancas, semejando grandes pájaros que volaran asustados por el sonoro rugido del vapor. La madre miraba a las nubes y prestaba atención a sí misma. Tenía la cabeza pesada, los ojos hinchados y secos por el desvelo de la noche. En su pecho reinaba una calma extraña, su corazón latía acompasado, y pensó en las cosas de la vida diaria...

“He puesto demasiado temprano el samovar, ¡el agua ya está hirviendo! ¡Que duerman hoy un poco más! Están rendidos los dos...”. 

Un rayo de sol matinal atravesó la ventana, jugueteando alegremente; ella le ofreció la mano, y cuando, luminoso, se le posó en los dedos, lo acarició suavemente con la otra mano con sonrisa pensativa y cariñosa. Luego, se levantó, quitó el tubo al samovar, procurando no hacer ruido, se lavó y se puso a rezar, santiguándose con fervor y moviendo los labios en silencio. Tenía iluminado el rostro, y su ceja derecha unas veces se alzaba lentamente, otras, descendía de pronto... 

La segunda llamada de la sirena vibró con menos fuerza, sin tanta seguridad, con un temblor en el sonido empañado y espeso. A la madre le pareció que rugía más tiempo que de ordinario.  

En la habitación se oyó la voz recia y clara del “jojol”*

– ¡Pável! ¿Oyes?  

Uno de ellos golpeó el suelo con los pies descalzos y bostezó con fruición...  

– ¡El samovar está listo! –gritó la madre.
– ¡Ya nos estamos levantando! –contestó Pável alegremente.
– Sale el sol –dijo el “jojol”–. Se van las nubes. ¡Hoy están de más!  

Y entró en la cocina, desgreñado, entumecido aún por el sueño, pero alegre.  

– ¡Buenos días, madrecita! ¿Qué tal ha dormido?  

La madre se acercó a él y le dijo en voz baja:  

– ¡Andréi, hijo, ve a su lado!
– ¡Naturalmente! –murmuró él–. Mientras estemos juntos, iremos a todas partes el uno al lado del otro. ¡Sépalo usted!
– ¿Qué estáis cuchicheando ahí? –preguntó Pável.
– Nada, Pável.
– Me está diciendo que me lave bien, porque las muchachas nos van a mirar –contestó el “jojol”, saliendo al zaguán a lavarse.
– “¡Levántate, arriba, pueblo trabajador!” –tarareó Pável.  

El día se iba haciendo cada vez más claro, disipábanse las nubes al empuje del viento. La madre preparaba la mesa para tomar el té y meneaba la cabeza, pensando en lo raro que era todo aquello: “Los dos bromean, se ríen esta mañana, y al mediodía ¡quién sabe lo que les esperará!’... y ella misma, sin saber por qué, sentíase tranquila, casi alegre.  

Estuvieron bebiendo el té largo rato, tratando de acortar la espera. Pável, como de ordinario, removía con la cucharilla, lenta y minuciosamente, el azúcar del vaso, espolvoreó con cuidado un poco de sal en el pan, en un cantero, su trozo preferido. El “jojol” movía los pies debajo de la mesa, nunca podía ponerlos, de una vez, de una manera cómoda, y mirando cómo se deslizaba por el techo y la pared un rayo de sol, reflejado por su vaso, dijo:  

– Cuando yo era un chiquillo de unos diez años, me entraron ganas de apresar el sol en un vaso. Cogí el vaso, me acerqué furtivamente a la pared y ¡zas! lo estampé contra ella. Me hice una cortadura en la mano, y me pegaron. Cuando me pegaron, salí al patio y vi el sol que se reflejaba en un charco, y empecé a chapotear en él con los pies. Me salpiqué todo de barro, y me volvieron a pegar... ¿Qué hacer? Empecé a gritarle al sol: “¡No me duele, diablo pelirrojo, no me duele!” Y le sacaba la lengua. Eso me consolaba. 
– ¿Por qué te parecía pelirrojo? –le preguntó Pável riéndose.
– Porque enfrente de nuestra casa vivía un herrero de cara rubicunda y barba pelirroja. Era un buen hombre, alegre, y a mí se me figuraba que el sol se le parecía...  

La madre perdió la paciencia y dijo: 

– ¡Mejor sería que hablarais de cómo vais a ir!...
– Cuando se habla de lo que ya está resuelto, no se hace más que embarullar las cosas –le repuso el “jojol” con dulzura–. En caso de que nos detengan a todos, madrecita, vendrá Nikoláí Ivánovich y le dirá lo que hay que hacer.
– ¡Bueno! –dijo la madre suspirando.
– ¡Deberíamos salir a la calle! –dijo Pável soñador.
– No, por ahora, ¡mejor será estarse en casa! –replicó Andréi–. ¿Para qué hacerse ver de la policía? ¡Ya te conocen bastante bien!  

Acudió Fedia Masin, radiante, con unas manchas rojas en las mejillas. Lleno de emoción y de gozo, hizo más llevadera la espera.  

¡Ya ha empezado! –anunció–. La gente se mueve. Salen a la calle, dispuestos a todo. A las puertas de la fábrica están constantemente Vesovschikov, Vasia Gúsev y Samóilov, pronunciando discursos. Muchos obreros se han vuelto a sus casas. ¡Vamos, ya es hora! ¡Ya han dado las diez!  

– ¡Yo me voy! -dijo Pável con decisión.
– Ya veréis –prometió Fedia–, después del almuerzo, ¡se levantará toda la fábrica!  

Y salió corriendo.  

– Arde como un cirio al viento –musitó la madre, viéndole marchar; levantóse y entró en la cocina, donde empezó a ponerse el abrigo.
– ¿A dónde va, madrecita?
– Con vosotros –contestó ella.  

Andréi, tirándose de las guías del bigote, echó una ojeada a Pável. Este, con rápido ademán, se alisó los cabellos y fue hacia ella.

– Madre, yo no te diré nada... Y tú ¡no me digas nada tampoco! ¿De acuerdo?
– De acuerdo, de acuerdo. ¡Sea como queréis! –balbuceó ella.  

XXVII 

Cuando salió a la calle y oyó en el aire el rumor de las voces humanas, inquietas y expectantes, cuando vio por todas partes, en las ventanas y a las puertas de las casas, grupos de gentes que seguían a su hijo y a Andréi con miradas de curiosidad, se le nublaron los ojos y ante ellos empezó a girar una mancha, cambiante de color, tan pronto de un verde transparente, como de un gris opaco.  

Saludaban a los jóvenes, y en los saludos había algo especial. Su oído percibía observaciones sueltas, hechas a media voz.  

– ¡Ahí van los cabecillas!
– No sabemos quién dirige esto...
– ¡Pero si yo no digo nada malo!...  

En otro sitio, salió de un patio un grito de irritación.  

– ¡Si los agarra la policía, están perdidos!...
– ¡No sería la primera vez! 

Una voz exasperada de mujer voló medrosa desde una ventana a la calle:  

– ¡Vuelve a tus cabales! ¿Eres acaso soltero o qué?  

Cuando pasaron junto a la casa del cojo Zosímov –que recibía una pensión mensual de la fábrica por su invalidez–, éste asomó la cabeza por la ventana, chillando:  

– ¡Pável! ¡Te retorcerán el pescuezo por tus faenas! ¡Te la estás buscando, canalla!
 

La madre se detuvo estremecida. El grito aquel había despertado en ella un agudo sentimiento de ira. Lanzó una mirada al rostro abotargado y gordo del tullido, y éste metió dentro la cabeza, profiriendo insultos. Apretó ella el paso, dio alcance al hijo y, esforzándose por no quedar rezagada, le siguió de cerca. 

Parecía que Pável y Andréi no reparaban en nada, ni oían los gritos que les dirigían. Marchaban tranquilos, sin apresurarse. Les detuvo Mirónov, hombre ya entrado en años, modesto, respetado de todos por su vida sobria y limpia.  

– ¿Usted tampoco trabaja, Danilo Ivánovich? -preguntó Pável.
– Tengo la mujer de parto. ¡Y el día es tan alborotado! –explicó Mirónov, examinando fijamente a los camaradas, y preguntó en voz baja–: Muchachos, dicen que queréis armar un escándalo al director, que le vais a romper los cristales.
– ¿Acaso estamos borrachos? –exclamó Pável.
– Vamos a ir simplemente por la calle con banderas y cantando canciones –dijo el “jojol”-. Escuche nuestras canciones, en ellas se expresan nuestras creencias.
– ¡Ya conozco yo vuestras creencias! –repuso pensativo Mirónov–. He leído las hojas. ¡Pero cómo, Nílovna! –exclamó sonriendo a la madre con sus ojos inteligentes–. ¿Vas tú también al motín?
Aunque sea ante la muerte, ¡hay que ir al lado de la verdad!
– ¡Qué cosas se ven! –dijo Mirónov–. Al parecer, es cierto lo que andan diciendo de ti; que llevabas a la fábrica libros prohibidos...
– ¿Quién dice eso? –preguntó Pável.
– ¡Cualquiera sabe... Io dicen! Bueno, hasta más ver. ¡Manteneos firmes!  

La madre rió bajito. Le resultaba agradable que hablaran así de ella. Pável le dijo sonriendo:  

– ¡Te veo en la cárcel, madre!  

El sol se elevaba cada vez más alto, comunicando su tibieza al animoso frescor del día primaveral. Las nubes bogaban más lentamente; sus sombras se iban haciendo más tenues, más transparentes. Se deslizaban suaves por las calles y por los tejados de las casas, envolvían a las gentes, era como si limpiaran el arrabal, llevándose el barro y el polvo de muros y tejados y disipando el enojo de las caras. Todo se tornaba más alegre, las voces se hacían más sonoras, ahogando el lejano ruido de las máquinas.  

De nuevo, a oídos de la madre, deslizándose y volando desde las ventanas y los patios, llegaban de todas partes palabras de inquietud o de rabia, tristes o alegres, pero ahora sentía deseos de replicar, de agradecer, de explicar, de mezclarse en la vida extrañamente abigarrada de aquel día.  

A la vuelta de una esquina, en una angosta callejuela, se había congregado un centenar de personas y en el fondo de la multitud resonaba la voz de Vesovschikov.  

– ¡Nos exprimen la sangre como a los arándanos el jugo! –y sus torpes palabras caían sobre las cabezas de la gente.
– ¡Es verdad! –contestaron a un tiempo varias voces con sonoro rumor.
– ¡Se afana el muchacho! -dijo el “jojol”–. ¡Voy a ayudarle! 

Se agachó y, antes de que Pável pudiera sujetarle, incrustó en la multitud, como un sacacorchos en un tapón, su cuerpo largo y ágil. Resonó su armoniosa voz: 

– ¡Camaradas! Dicen que en la tierra hay diferentes pueblos: hebreos y alemanes, ingleses y tártaros. Pero yo no lo creo. Sólo hay dos pueblos, dos razas irreconciliables: los ricos y los pobres. La gente se viste de diferente manera y su lenguaje también es distinto, pero mirad cómo tratan los ricos, franceses, alemanes, ingleses, al pueblo trabajador, y veréis que todos ellos son lo mismo para el obrero: unos genízaros. ¡Así revienten todos!  

En la multitud, alguien se echó a reír. 

– Y si miramos por otro lado, veremos que el obrero francés, como el tártaro y el turco, llevan la misma vida de perros que nosotros, obreros rusos.  

A la calle acudía cada vez más gente; unos tras otros, en silencio, estiraban el pescuezo, se empinaban de puntillas y se introducían en la callejuela.  

Andréi alzó más la voz.  


– En el extranjero, los obreros ya han comprendido esta sencilla verdad y hoy, en el día luminoso del Primero de Mayo...
– ¡La policía! –gritó alguien.  

Viniendo de la calle, cuatro guardias de a caballo entraron en la callejuela y, agitando las fustas, se lanzaron contra la multitud, gritando:  

– ¡Disolveos! 

La gente, frunciendo el ceño, dejaba de mala gana paso a los caballos. Algunas personas se subieron a las vallas.  

– Han montado los cerdos a caballo, y gruñen: “¡Aquí estamos nosotros, los jefes!” –gritó una voz sonora y atrevida.  

El “jojol” se había quedado solo en medio de la callejuela. Dos caballos se le vinieron encima, cabeceando. Se apartó a un lado, al tiempo que la madre le agarraba de un brazo y tiraba de él refunfuñona:  

– Prometiste estar junto a Pável ¡y eres el primero en meterte tú solo en el peligro!
– ¡Perdón! –dijo el “jojol” sonriendo.  

Una fatiga angustiosa, extenuante, se iba apoderando de Nílovna; se alzaba en su interior, haciendo que le diese vueltas la cabeza, mientras la pena y la alegría se alternaban, de un modo extraño, en su corazón. Deseaba que sonase cuanto antes la sirena, anunciando la hora del almuerzo.

Llegaron a la plaza, junto a la iglesia. A su alrededor y en el pórtico apiñábanse, de pie o sentadas, unas quinientas personas: alegres jóvenes y chiquillos. La multitud se agitaba, levantaba la cabeza, intranquila, y miraba a lo lejos, en todas direcciones, aguardando impaciente. Se percibía una exaltación imprecisa; algunos miraban distraídos, otros se hacían los valientes. Murmuraban quedo sofocadas voces de mujeres, los hombres se volvían de espaldas con enfado, de vez en cuando restallaban blasfemias en voz baja. Un sordo rumor de voces hostiles envolvía a la abigarrada multitud. 

– ¡Mítenka! –tembló suavemente una voz de mujer–. ¡No te pierdas!...
– ¡Déjame! –se oyó en respuesta.  

La reposada voz de Sisov se alzó tranquila y persuasiva: 

– No, ¡nosotros no debemos abandonar a los jóvenes! Se han vuelto más sensatos que nosotros, ¡viven con mayor audacia! ¿Quién nos defendió en lo del kopek del pantano? ¡Ellos! ¡Hay que tenerlo presente! Por eso los metieron en la cárcel, mientras que todos salimos ganando...  

Rugió la sirena, ahogando con su negro sonido las conversaciones de las gentes. La multitud se estremeció, los que estaban sentados se pusieron en pie, y por un momento, todo quedó como petrificado, como al acecho; muchos rostros palidecieron.

– ¡Camaradas! –se oyó, sonora y recia, la voz de Pável. Una neblina seca, ardiente, quemó los ojos de la madre, y de un solo impulso de su cuerpo, que había recobrado de pronto las fuerzas, se colocó detrás del hijo. Todos se volvían hacia Pável, rodeándole, como las limaduras de hierro al imán.  

La madre le miró a la cara y no vio más que sus ojos, orgullosos, audaces, abrasadores...  

¡Camaradas! ¡Hemos decidido declarar abiertamente quiénes somos; hoy levantamos nuestra bandera, la bandera de la razón, de la verdad, de la libertad!  

Un asta blanca y larga se elevó en el aire, después inclínóse, cortó a la multitud, se escondió entre ella y, al cabo de un instante, se desplegó sobre las cabezas alzadas de la gente, como un pájaro escarlata, el amplio lienzo de la bandera del pueblo trabajador 
 
Pável levantó el brazo, vaciló el asta, y decenas de manos empuñaron el palo, liso y blanco; entre ellas, la de la madre.  

¡Viva el pueblo trabajador! –gritó Pável. 
 

Centenares de voces le contestaron con un grito sonoro.  

¡Viva el Partido Obrero Socialdemócrata, nuestro partido, camaradas, nuestra patria espiritual! 

La multitud hervía. A través de ella, abríanse paso hacia la bandera los que comprendían su significado; junto a Pável se agruparon Masin, Samóilov y los Gúsev. Agachando la cabeza, Nikolái apartaba a la gente, mientras otros jóvenes, de encendidos ojos, a quienes la madre no conocía, la empujaban.  

¡Vivan los obreros de todos los países! –gritó Pável. Con fuerza y alegría crecientes, le contestaba ya el eco de miles de voces que estremecían el alma con su fragor.  

La madre cogió la mano de Nikolái y la de alguien más; ahogábanla las lágrimas, pero no lloraba, las piernas le temblaban y, trémulos los labios, decía:  

– Queridos míos...  

Una ancha sonrisa se extendía por la cara picada de viruelas de Nikolái, miraba a la bandera y, lanzando inarticulados gritos, tendía la mano hacia ella; de pronto asió con aquella mano a la madre por el cuello, le dio un beso y se echó a reír.  

– ¡Camaradas! –sonó cantarina y dulce la voz del “jojol”, dominando el sordo murmullo de la multitud–. Hemos emprendido ahora un camino penoso en nombre de un dios nuevo, ¡el dios de la luz y de la verdad, el dios de la razón y del bien! Nuestro objetivo final está lejos; las coronas de espinas, cerca. El que no crea en la fuerza de la verdad, el que no tenga valor para defenderla hasta la muerte, el que no confíe en sí mismo y tema los sufrimientos, ¡que se aparte de nuestro lado! Llamamos junto a nosotros a aquellos que tienen fe en nuestra victoria; los que no vean nuestro objetivo, que no vengan con nosotros, a ésos sólo les esperan penas. ¡Formad filas, camaradas! ¡Viva la fiesta de los hombres libres! ¡Viva el Primero de Mayo!  

La muchedumbre se hizo más compacta. Pável tremoló la bandera, que se desplegó en el aire y ondeó hacia adelante, iluminada por el sol, que sonreía ancho y rojo...  

¡Reneguemos del mundo caduco!...  

–se alzó la voz sonora de Fedia Masin, y decenas de voces resonaron, haciéndole eco, como una ola blanda y fuerte: 

¡Sacudamos su polvo de nuestros pies!...  

La madre, con una sonrisa ardiente en los labios, iba detrás de Masin, y por encima de su cabeza veía a su hijo y a la bandera. A su alrededor aparecían y desaparecían alegres rostros, ojos de diferentes colores; delante de todos iban su hijo y Andréi. Oía sus voces; la de Andréi, velada y suave, se fundía en un solo sonido con la del hijo, pastosa y recia.  

¡Levántate, arriba, pueblo trabajador!
¡En pie, a la lucha, la gente sin pan!  

Y la gente corría al encuentro de la enseña roja, gritaba, se fundía con la multitud, marchaba con ella de vuelta, y los gritos se apagaban entre los sonidos de la canción; aquella canción que cantaban en casa en voz más baja que otras, fluía en la calle sin trémolos, recta, con una fuerza terrible. En ella se percibía un valor férreo, llamaba a los hombres a seguir una larga senda hacia el futuro, advirtiéndoles lealmente de las penalidades del camino. En su llama, grande y serena, se fundía la negra escoria de lo sobrevivido, la pesada bola de los sentimientos habituales, y se quemaba, convirtiéndose en cenizas, el maldito temor a lo nuevo...  
 

Una cara, asustada y alegre, oscilaba junto a la madre, y una voz temblorosa exclamó sollozando: 

– Mitia, ¿a dónde vas?  

La madre respondió sin pararse:  

– ¡Déjele que vaya! ¡No se inquiete! Yo también tenía mucho miedo. El mío va delante de todos. El que lleva la bandera ¡es mi hijo!
– ¿A dónde vais, condenados? ¡Allí está la tropa!  

Y agarrando de pronto la mano de la madre con la suya huesuda, la mujer, alta y delgada, exclamó: 

– ¡Ay, querida mía! ¡Cómo cantan! Y Mitia también canta...
– ¡No se inquiete! –murmuró la madre–. Esto es una causa sagrada... Piense usted, ¡Jesús mismo no habría existido si los hombres no hubieran muerto por él!  

El pensamiento alumbró de pronto en su cabeza y la dejó asombrada por su verdad, clara y sencilla. Miró al rostro de la mujer que le apretaba el brazo con tanta fuerza, y repitió, con sonrisa de asombro:  

– ¡No habría existido Cristo, si los hombres no hubieran perecido por él, por la gloria de Dios!  

A su lado surgió Sisov. Se quitó el gorro y, moviéndolo al compás de la canción, dijo:  

– Ya no se esconden, ¿eh, madre? Han inventado un cantar. ¡Y qué cantar! ¿Eh, madre?  

El zar necesita soldados para sus tropas,
Entregadle vuestros hijos...  

– ¡No tienen miedo a nada! –dijo Sisov–. Y mi pobre hijo, en la sepultura...  

El corazón de la madre latía con demasiada fuerza, y empezó a quedarse rezagada. La empujaron con rapidez a un lado, la apretaron contra una valla, y ante ella una densa ola humana empezó a deslizarse balanceándose. La muchedumbre era numerosa, y esto le causó gozo.  

¡Levántate, arriba, pueblo trabajador!...

Hubiérase dicho que en el aire cantaba una enorme trompeta de cobre, despertando a los hombres: en un pecho hacía surgir la disposición para el combate; en otro, una vaga alegría, el presentimiento de algo nuevo, una curiosidad ardiente; aquí suscitaba la palpitación de esperanzas inciertas; allá daba salida al cáustico torrente de odio acumulado en el correr de los años. Todos miraban hacia adelante, donde se balanceaba y ondeaba al viento la bandera roja. 

– ¡Ahí van! –rugió la voz entusiasmada de alguno–. ¡Bravo, muchachos!

Y el hombre, sintiendo, al parecer, algo grande, que no podía expresar con las palabras habituales, soltaba terribles juramentos. Pero también el furor, el furor sombrío y ciego del esclavo, silbaba como una serpiente, retorciéndose en iracundas palabras, alarmado e inquieto por la luz que caía sobre él.  

– ¡Herejes! –gritaron desde una ventana con voz desgarrada, amenazando con el puño crispado.  

Y un aullido penetrante, lanzado por alguien, se metió en los oídos de la madre:  

– ¿Os levantáis contra Su Majestad el emperador, contra Su Majestad el zar?  

Ante ella aparecían y desaparecían al instante caras perplejas, hombres y mujeres avanzaban saltando, corría la gente como negra lava arrastrada por aquella canción, cuyos enérgicos sones parecían arrasarlo todo a su paso, desbrozando el camino. Al mirar de lejos a la roja enseña, la madre veía, sin verlo, el rostro del hijo, su bronceada frente y sus ojos, encendidos por el luminoso fuego de la fe.  

Ya estaba la madre a la cola de la multitud, entre gentes que caminaban sin apresurarse, que miraban hacia adelante con indiferencia, con la fría curiosidad del espectador que conoce de antemano el desenlace de lo que se está representando. Iban andando y hablando con aplomo, sin alzar la voz:  

– Hay una compañía junto a la escuela y otra en la fábrica...
– Ha llegado el gobernador...
– ¿De veras?
– Yo mismo lo he visto, ¡ha llegado!  

Alguien, alegremente, soltó un taco y dijo:  

– A pesar de los pesares, ¡empiezan a tenernos miedo! ¡Hasta nos mandan tropas, y al gobernador y todo!  

“¡Queridos míos!”, palpitó en el corazón de la madre.  

Pero las palabras sonaban a su alrededor frías, muertas. Apresuró el andar para alejarse de aquella gente y le fue fácil adelantar su lento y cansino paso.  

Y de pronto pareció que la cabeza de la multitud había chocado contra algo; y su cuerpo retrocedió sin detenerse, con sordo rugido de alarma. La canción se estremeció también; luego, se desbordó con mayor rapidez y fuerza. Y de nuevo la densa ola de sonidos bajó, resbaló hacia atrás, las voces del coro iban disminuyendo, callando una tras otra; se oían acordes aislados, tratando de elevar la canción a su altura primitiva, de darle un impulso hacia adelante:  

¡Levántate, arriba, pueblo trabajador!
¡Contra el enemigo, la gente sin pan!

Pero en el llamamiento no se percibía la firme certeza de todos, había ya en él un temblor de alarma. 

Sin ver nada, sin saber lo que ocurría delante, la madre empujaba a la gente, avanzando rápida; pero en dirección contraria retrocedían: unos con la cabeza gacha y el entrecejo fruncido, otros sonriendo confusos, y otros silbando burlonamente. Miraba ella con tristeza a sus caras, sus ojos inquirían en silencio, suplicaban, llamaban...  

– ¡Camaradas! –resonó la voz de Pável–. Los soldados son también hombres como nosotros; no nos atacarán. ¿Por qué han de atacarnos? ¿Porque llevamos la verdad, necesaria para todos? Esta verdad es también necesaria para ellos. Todavía no lo comprenden, pero ya se acerca el día en que se pondrán a nuestro lado, en que marcharán, no bajo la bandera del pillaje y del asesinato, sino bajo nuestra bandera de la libertad. Y para que comprendan cuanto antes nuestra verdad, debemos avanzar. ¡Adelante, camaradas! ¡Siempre adelante! 

La voz de Pável resonaba firme, las palabras retumbaban en el aire distintas y netas, pero el gentío se iba disolviendo; unos tras otros se apartaban a la derecha o a la izquierda, hacia las casas, arrimábanse a las vallas. La multitud tomó la forma de un triángulo cuyo vértice era Pável, y sobre su cabeza flameaba bermeja la bandera del pueblo trabajador. La multitud se asemejaba a un pájaro negro con las alas ampliamente desplegadas, como al acecho para levantar el vuelo, y Pável era su pico... 

XXVIII 

Al fondo de la calle, cerrando el acceso a la plaza, vio la madre alzarse un muro gris de gente, toda igual, sin rostro. Sobre sus hombros relucían fría y finamente las agudas franjas de las bayonetas. Y del muro aquel, silencioso e inmóvil, venía hacia los obreros un soplo gélido que oprimía el pecho de la madre y le penetraba en el corazón.  

Se deslizó entre la multitud hacia donde se encontraban sus conocidos, que iban delante, junto a la bandera, y se fundían con los desconocidos, como apoyándose en ellos. La madre se pegó a un hombre alto y afeitado. El hombre era tuerto, y para mirarla, volvió bruscamente la cabeza.  

– ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres? –preguntó.
– La madre de Pável Vlásov –contestó ella, sintiendo que le temblaban las piernas y que, sin querer, se le caía el labio inferior.
– ¡Ah! –dijo el tuerto.
¡Camaradas! –gritó la voz de Pável–. ¡Toda la vida, adelante! ¡No tenemos otro camino!  

Todo quedó en silencio, se percibía el más leve rumor. La bandera irguióse, se balanceó y, flameando soñadora sobre las cabezas de la gente, avanzó leve hacia el muro gris de los soldados. La madre se estremeció, cerró los ojos y lanzó un gemido; sólo cuatro personas se habían destacado de la multitud: Pável, Andréi, Samóilov y Masin.  

En el aire tembló lenta la clara voz de Fedia Masin: 

Vosotros... caísteis... 

–entonó. 

En lucha... fatal...  

–corearon dos voces pastosas, bajando el tono, como dos penosos suspiros. La gente dio unos pasos hacia adelante, golpeando discorde la tierra con los pies. Y fluyó una nueva canción llena de energía y brío: 

Disteis todo cuanto podíais por ella...

–serpenteó como una cinta la voz de Fedia...  

Por la libertad...  

–prosiguieron los camaradas, todos a una.  

– ¡Ah-a-a! –gritó alguien, desde un lado, con mordaz sarcasmo–. ¡Y empezáis a cantar el gorigori, hijos de perra!...
– ¡Zumbadle a ése! –restalló colérica una voz.  

La madre se llevó ambas manos al pecho, echó una ojeada en derredor y vio que la muchedumbre, que antes llenaba la calle en masa compacta, permanecía indecisa, vacilante, mirando a los que se alejaban de ella con la enseña. Tras ellos iban algunas decenas de personas, y cada paso que avanzaban forzaba a alguno a saltar a un lado, como si el centro del camino estuviera incandescente y quemara las plantas de los pies.  

Caerá el despotismo  

–profetizaba la canción en labios de Fedia... 

¡Y el pueblo se levantará!...  

–repitió amenazante y con seguridad un coro de potentes voces.  

Pero a través de la corriente armoniosa, se infiltraban cuchicheos: 

– Está dando la voz de mando...
– ¡Descuelguen! –resonó delante un grito brusco.  

En el aire se balancearon sinuosas las bayonetas, descendieron y se enderezaron en dirección a la bandera, como si sonrieran astutas. 

– ¡De frente... march!
– ¡Avanzan! –dijo el tuerto y, metiéndose las manos en los bolsillos, se apartó a grandes zancadas.

La madre miraba sin pestañear. La ola gris de soldados se puso en movimiento y, extendiéndose a todo lo ancho de la calle, avanzó con frialdad, con paso igual, llevando ante sí un rastrillo de separados dientes de acero que centelleaban con fulgores de plata. A grandes pasos, se situó ella cerca del hijo y vio que Andréi se adelantaba a Pável y le protegía con su largo cuerpo.  

– ¡A mi lado, camarada! –gritó bruscamente Pável. 

Andréi cantaba, con las manos cruzadas a la espalda y la cabeza erguida. Pável le empujó con el hombro y volvió a gritarle: 

– ¡A mi lado! ¡No tienes derecho a ir delante de la bandera!

– ¡Despejen! –gritó con voz aguda un oficialete bajito, blandiendo su rutilante sable. Levantaba mucho las piernas al andar, sin doblar las rodillas, golpeando, marcial, la tierra con los pies. El intenso brillo de sus relucientes botas hirió los ojos de la madre.  

A su lado, un poco más atrás, caminaba pesadamente un hombre de elevada estatura, rasuradas mejillas, grandes bigotes blancos, largo capote gris con forro grana y franjas amarillas en los anchos pantalones. Como el “jojol”, llevaba las manos a la espalda y, arqueando mucho sus pobladas y blancas cejas, miraba a Pável.  

La mirada de la madre lo abarcaba todo; en su pecho permanecía inmóvil un grito, pronto a escapar a cada suspiro; el grito aquel la ahogaba, pero ella lo contenía, apretándose el pecho con las manos.  

La empujaban, vacilaba sobre sus piernas, y seguía avanzando, sin pensar, casi sin conocimiento. Sentía que detrás de ella la gente decrecía de continuo, como si una ola de hielo saliera a su encuentro, dispersándola.  

Los que llevaban la bandera roja y la cadena compacta de hombres grises se acercaban cada vez más, distinguíase ya con claridad la cara de los soldados –estrecha franja de un color amarillento sucio, monstruosamente aplastada, que se extendía a lo ancho de la calle–; en ella, incrustados de un modo desigual, se veían ojos de diferentes colores, y delante centelleaban cruelmente las finas puntas de las bayonetas. Dirigidas contra el pecho de las personas, sin tocarles aún, hacían que se fueran separando una tras otra de la muchedumbre, disgregándola. 

La madre oía ya a sus espaldas las pisadas de los que huían. Voces de desaliento y alarma gritaban: 

– ¡Dispersaos, muchachos!...
– ¡Vlásov, echa a correr!
– ¡Atrás, Pável!
– ¡Deja la bandera, Pável! –dijo sombrío Vesovschikov–. Dámela, yo la esconderé.  

Empuñó el asta y la bandera se tambaleó hacia atrás.  

–¡Suelta! –gritó Pável.  

Nikolái retiró la mano, como si se hubiera quemado. La canción se apagó. La gente se detuvo, formando en torno a Pável un círculo compacto, pero él se abrió paso hacia adelante. Se hizo un silencio brusco, repentino, como si hubiera bajado invisible de algún sitio y envolviera a los hombres en una nube transparente. 

Junto a la bandera había una veintena de hombres, no más, pero todos permanecían firmes, atrayendo a la madre a impulsos de un sentimiento de espanto por su suerte y un deseo impreciso de decirles algo...  

– ¡Teniente, agárre usted eso! –resonó la voz sin inflexiones del viejo alto. Y con el brazo extendido señaló la bandera.  

El oficialete se puso de un salto junto a Pável, Cogió con su mano el asta y gritó con voz chillona: 

– ¡Suelta!
– ¡Aparte las manos! –dijo Pável con voz enérgica.  

La enseña roja temblaba en el aire, inclinándose, ya a la derecha, ya a la izquierda, para enderezarse de nuevo; el oficialillo salió lanzado y fue a caer en tierra, donde quedó sentado. Junto a la madre, con una ligereza impropia de él, se deslizó Nikolái con el brazo extendido ante sí y el puño crispado.  

– ¡Agarradlos! –rugió el viejo, dando una patada en tierra.  
 

Algunos soldados se abalanzaron impetuosos hacia adelante. Uno de ellos levantó la culata; la bandera vaciló, inclinóse y desapareció entre el puñado gris de soldados.  

– ¡Ay! –exclamó alguien tristemente.  

Y la madre dio un grito salvaje, como un alarido. Pero de entre la turba de soldados le contestó la voz neta de Pável:  

– ¡Hasta la vista, madre! ¡Hasta la vista, querida!...  

“¡Está vivo! ¡Se acuerda de mí!”. Ambos pensamientos hicieron latir su corazón con más fuerza. 

– ¡Hasta la vista, madrecita mía! 

Empinándose de puntillas y agitando los brazos, trataba de verlos; sobre las cabezas de los soldados, distinguió el rostro redondo de Andréi, que sonreía y la saludaba.  

– ¡Queridos míos! ¡Andriusha! ¡Pável!... –gritó ella.
– ¡Hasta la vista, camaradas! –gritaron desde la multitud de soldados.  

Les contestó un eco reiterado, roto. Respondió desde las ventanas, desde arriba, desde los tejados.  

XXIX 

La golpearon en el pecho. A través de la bruma que velaba sus ojos, vio ante sí al oficialete; tenía el rostro congestionado, tenso, y le gritó a la madre:  

– ¡Largo de ahí, mujeruca!  

Ella le miró de arriba abajo y vio a sus pies el asta de la bandera, partida en dos; de uno de los trozos colgaba un retazo de tela roja. Inclinándose, lo recogió. El oficial le arrancó el palo de las manos, lo tiró a un lado y gritó pateando:  

– ¡Largo de aquí, te digo!  

Entre los soldados surgió potente y expandióse la canción:  

¡Levántate, arriba, pueblo trabajador!...  

Todo daba vueltas, vacilaba, se estremecía. Vibraba en el aire un ruido denso de alarma semejante al zumbido de los hilos telegráficos. El oficial dio un respingo y chilló con rabia:  

– ¡Silencio! ¡Dejen de cantar! Sargento Krainov...  

La madre, tambaleándose, se acercó al trozo de asta arrojado por el oficial y volvió a recogerlo.  

– ¡Tápales la boca!...  

La canción empezó a embrollarse, tembló, desgarróse y se apagó. Alguien asió a la madre por los hombros, le dio la vuelta y la empujó en la espalda...  

– ¡Vete, vete!...
– ¡Despejen la calle! –mandó el oficial.  

Diez pasos más allá la madre distinguió de nuevo una multitud compacta. La gente aullaba, gruñía, silbaba y, retrocediendo lentamente hacia el fondo de la calle, se iba desparramando por los patios. 

– ¡Vete, diablo! –gritó junto a la misma oreja de la madre un soldado joven y bigotudo, poniéndose a su lado, y la arrojó a la acera de un empellón.  

Ella echó a andar apoyándose en el asta; se le doblaban las piernas. Para no caerse, se agarraba con la otra mano a las paredes y a las vallas. Delante, retrocedía la gente; junto a ella y detrás, marchaban los soldados gritando:  

– ¡Largo, largo!...  

Los soldados la adelantaron, ella se detuvo y miró en derredor. Al final de la calle, había también soldados formando un espaciado cordón que impedía el acceso a la plaza, ya vacía. Delante, movíanse también las figuras grises, avanzando con lentitud hacia la gente...  

Quiso ella volver sobre sus pasos, pero inconscientemente siguió de nuevo hacia adelante; al llegar a una callejuela estrecha y desierta, entró en ella.  

Detúvose otra vez, lanzó un hondo suspiro y se puso a escuchar. En algún sitio, delante, rugía la muchedumbre.  

Apoyada en el asta, siguió andando, fruncidas las cejas, bañada en repentino sudor, moviendo los labios, balanceando el brazo; en su corazón brotaban como chispas las palabras; se inflamaban, apretujábanse, quemándola con el deseo insistente e imperioso de decirlas, de gritar...  

La callejuela torcía bruscamente hacia la izquierda, y al doblar la esquina, vio la madre un grupo de gente, grande y compacto; una voz decía fuerte, con energía:

– ¡No se lanza uno contra las bayonetas por hacerse el valiente, hermanos!
– ¡Cómo se han portado! ¿Eh? Se les venían encima, y ellos... ¡firmes! Firmes, hermanos, sin miedo...
– ¡Y qué templado el Pável Vlásov!...
– ¿Y el “jojol”?
– Con las manos a la espalda y sonriéndose, el demonio...
– ¡Queridos míos! ¡Buena gente! –gritó la madre, penetrando entre la multitud. Ante ella se apartaban con respeto. Alguien dijo riendo:
– ¡Mírala, con la bandera! ¡Lleva la bandera en la mano!
 
 
[...]


* Jojol: Denominación popular que se da a los de habla ucraniana. (N. de la Edit.)
 
Tomado de Máximo Gorki, “La madre”, Colección Octubre, Editorial Progreso, s/f, Moscú, págs. 187-211
 
 
 Pronunciamientos con motivo del Primero de Mayo
que merecen considerarse:
 
Ante el 1º de mayo: contra el oportunismo, el revisionismo y por el triunfo de la Revolución socialista en el Estado español (Revolución o Barbarie)


 
¡Cuando una bandera roja cae, siempre hay un revolucionario proletario
dispuesto a levantarla, enarbolarla y llevarla hacia adelante… hacia la victoria!
 
 
¡Viva el Primero de Mayo clasista, combativo y revolucionario!
¡Viva la lucha de clase del proletariado internacional!
¡Proletarios de todos los países, uníos!